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Cuatro mujeres asesinadas en España, víctimas del terrorismo machista, en apenas 24 horas. Desde el Consejo del Poder Judicial (que debe exigir a sus administrados el mayor celo posible para identificar actitudes que puedan derivar en asesinatos) hasta los políticos en campaña tuvieron un recuerdo para las víctimas. Todos coincidieron en que había que “hacer algo” para acabar con la peste.
Mariano Rajoy incluía entre sus recetas “más juzgados, policías y medidas preventivas”, con esa voz y tono que se le pone en campaña, como de estar dando en exclusiva la fórmula del invento de la pólvora. De las dos primeras nadie duda, nunca son suficientes, por mucho que sea imposible poner un vigilante en cada hogar. Pero todos sabemos que la única medida preventiva eficaz es la educación, y está en nuestras manos, en la escuela, en una labor a largo plazo, el lugar donde estudiar los valores de igualdad de derechos y deberes entre sexos, en la asignatura de ¡Educación para la ciudadanía! que tanto desprecia el Partido Popular.
Y para empezar, habría que eliminar de la escuela las religiones y sus asignaturas-catequesis, fuente inagotable de aprendizaje de las desigualdades y privilegios, del desprecio por parte del hombre a la mujer.
Las tres religiones del Libro son especialmente crueles con la mujer, y ello queda grabado a fuego en el comportamiento colectivo. La menstruación y la falta de virginidad son asimiladas por ellas a un estado impuro de la mujer. Una mujer que nació de una costilla del varón por un capricho de dios, porque no era bueno que el rey de la Creación “estuviese solo”. Un ser de segunda que no puede alcanzar el sacerdocio porque “si Jesús así lo hubiese querido habría tenido a mujeres entre sus apóstoles”. El varón puede administrar sus sacramentos, pero ella sólo puede ser la esposa sumisa.
Durante siglos fueron “señoras de”, que tenían que pedir permiso al marido para abrir una cuenta corriente, y que aun hoy pierden sus primer apellido en favor del esposo en muchos países. Oprimidas por religiones en que se permite golpear a la esposa si no obedece (Corán 4:34), que la aparta de los ojos de las miradas lascivas del varón con telones sobre su rostro, que, al contrario de lo que ocurre con el amante, a la adúltera la condena a lapidación hasta la muerte, que no puede caminar por la calle si no va a acompañada de un varón de la familia, que tiene limitados buena parte de los derechos de los que disfruta el hombre.
Bastaría con un par de generaciones que sustituyesen la religión -y su putrefacto ejemplo de desigualdades- por Educación para la ciudadanía para evitar tanta crueldad. Las otras medidas son pan para hoy y hambre para mañana.
Fuente: El blog de Manolo saco
La trampa estadística
“El servicio de urgencias del hospital Severo Ochoa de Leganés pasó de los 203 fallecidos del año 2004 a los 99 de 2007”, dice el PP en el argumentario que ha repartido entre sus dirigentes. El dato es cierto, pero esconde dos trampas. La primera, que en el año 2004 aún no funcionaba a pleno rendimiento el vecino Hospital de Fuenlabrada. La segunda, que la Comunidad de Madrid, después de cesar a Montes, ordenó al hospital que los pacientes que estaban a punto de morir en urgencias fueran trasladados a planta, hubiese camas o no. Uno de ellos falleció en el ascensor.
La prueba diabólica
“Que no haya podido probarse no significa que no hubiese mala praxis”. La frase es de Juan José Güemes, el actual consejero de Sanidad de Madrid. En derecho, a esta falacia contra la presunción de inocencia la llaman probatio diabolica, un concepto que viene de los tiempos de la Inquisición: si un reo confesaba bajo tortura, era culpable; y si no lo hacía, también, porque eso demostraba que el diablo le había dado fuerzas para resistir. Por las mismas, que no haya podido probarse no significa que Güemes no sea tan honrado como su suegro, el siniestro Carlos Fabra.
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Otra mentira más, ésta en la larga cuenta de Eduardo Zaplana: “La Consejería de Salud de Madrid no hizo nada más que entregar al fiscal 400 denuncias“, dijo esta semana en 59 segundos. Al portavoz del PP le fallan algunos números: no eran 400 denuncias, era una denuncia anónima donde se acusaba a los médicos de 400 asesinatos.
En realidad, fueron dos denuncias. Hubo otro anónimo, dos años antes, que también se investigó y también quedó en nada. La novedad fue que esta vez la Comunidad de Madrid hizo algo más: dar pábulo al anónimo (otra similitud con la Inquisición), ponerse al frente de la campaña y considerar a los médicos culpables hasta que se demostrase lo contrario.
Y lo contrario se ha demostrado. Y les ha dado igual.
Fuente: Escolar.net


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